Gusticos de mi yo del pasado… y un poquito del presente

Los K-Dramas se robaron mi atención, mi tiempo libre… y probablemente mis horas de sueño.

No sé en qué momento exacto empezó, pero desde el primer capítulo que vi, supe que simplemente no me dejarían soltar el control remoto (o bueno, el celular).

Con los K-Dramas no existía eso de “ver solo uno”. Siempre terminaba atrapada, diciendo: “uno más y ya”, pero ese “ya” nunca llegaba. De repente se hacían las 3 de la mañana y ahí estaba yo: con los ojos rojos, pero feliz.

Si algo tienen los K-Dramas es que saben cómo mantenerte pegada. Los giros, el suspenso, los momentos inesperados… hacían que no pudiera parar aunque quisiera. Terminaba cada capítulo pensando: “¿cómo va a seguir esto?”, y antes de darme cuenta, ya llevaba media serie encima.

Sí, lo confieso (bueno, mi yo de antes lo confiesa). A veces aplazaba una lectura, un resumen o una tarea solo por terminar un capítulo. Sabía que no debía hacerlo, pero simplemente era más fuerte que yo. Aunque claro, luego me tocaba correr para ponerme al día… pero lo valía.

Los K-Dramas eran mi espacio favorito. Cuando estaba estresada, cansada o simplemente necesitaba desconectar del mundo, sabía que ahí encontraba algo que me hacía sentir mejor. Me relajaban, me entretenían y me hacían olvidarme por un rato de todo lo demás.

Hoy ya no los veo con la misma intensidad. La vida cambió, las responsabilidades crecieron y el tiempo ya no alcanza como antes. Pero aun así, cuando tengo un momento libre y necesito reconectar conmigo misma, vuelvo a ellos. Porque aunque ya no esté tan obsesionada, todavía me hacen feliz.

Puede que ahora ya no me trasnoche como antes, pero si me pierdo un rato… probablemente aún me encuentren en el próximo episodio.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

FRAGMENOS DE MÍ

MI CAMINO EN LA MEDICINA